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Entrevistas

Fiebre: La literatura para construir comunidad

Viajes, poesía, ocultismo y distopía rondan la producción literaria de un escritor que se mueve entre los intersticios de la institucionalidad y la autogestión. 

Por Christian Le-Cerf León 

Cuando Sergio Guerra me propuso hacer la entrevista frente al mar, una parte de mi revivió un poco, aquella fracción que se encontraba escondida desde que decretaron la cuarentena en nuestro país. No había salido de Quilpué desde que comenzó todo, por lo que no había podido sentir el particular aroma de las olas golpeando el borde costero, y que inundan las calles más cercanas a la orilla del Pacífico. Guerra es narrador y poeta. Actualmente hace clases de Teoría del Arte y Arte Latinoamericano en el Instituto Arcos, ya que estudió Teoría del Arte en la Chile. Hace poco lanzó una nueva edición de Fiebre, un libro que ha viajado desde Chile a México ida y vuelta, y que hoy tiene una nueva vida en tierras porteñas. 

Con todas las precauciones necesarias, fui a tomar el metro. Afuera, la no normalidad que nos imponen seguía funcionando: el centro rebosante de humanos posiblemente infectados. Me subí al vagón, inusualmente vacío, mientras calculaba los días que no me movilizaba en el transporte público. No echaba de menos, eso sí, a los raperos no tan raperos que riman en contra del aborto. Sí el paisaje en movimiento, estos cuadros que se van conformando a medida que uno avanza entre medio de los cerros. Al bajarme en Barón, veinte minutos antes que llegara Sergio, me dispuse a fumar un tabaco y a observar la escena, ya que mucha gente, como yo, esperaba a alguien o algo en ese lugar. Los pacos, a caballo, molestaban a una mujer que habita en una carpa azul fuera de la estación.  

—Pasé de largo, estoy en el muelle —recibo en mi celular. Fui a su encuentro. Al lado de la clausurada entrada al Muelle Barón estaba Guerra, vistiendo una camisa abierta sobre una polera negra, lentes reflectantes amarillos y un jockey completamente negro. Me saluda, y nos disponemos a caminar por el Paseo Wheelwright hasta encontrar un lugar donde hacer la entrevista. Recalamos en unas rocas, frente a la Tornamesa de Barón. Nos sentamos y procede a sacar unas cervezas que había comprado para la ocasión. –Para pasar el calor —me dice. Ese día el sol pegaba como nunca, en este otoño más cálido que hace extrañar las ventiscas en tono marrón que usualmente se vivían en esta región. Tras destapar nuestras respectivas latas, y dar el respectivo sorbo inaugural, nos disponemos a conversar sobre la literatura, o cómo la concebimos. 

¿Cómo surge la idea de escribir Fiebre? 

El 2011, durante la revuelta estudiantil, había escrito varios textos disimiles que tenían formato de cuentos, que no eran premeditados. Sin embargo, a raíz de un sueño logro ver una unión de todos estos fragmentos y construyo una historia que los conecta, que es la historia de Fiebre; de este grupo piromanista que se ve amenazado o atemorizado por la amenaza de la ciberpoesía. Y este piromanismo se vio basado, en algún momento, por haber quemado mis propios poemas, en un momento de ese año también, para dar paso a otra cosa. Entonces el fuego es como un elemento renovador. 

El fuego parece ser uno de los hilos conductores importantes en el texto ¿Cuál es tu relación con él? 

Siempre ha sido un elemento que me ha interesado harto, desde un año que estudié Filosofía acá en Valparaíso, y estudié principalmente motivado por la filosofía de Heráclito, basada en el fuego, donde todo es fuego, el motor de la vida es fuego. Luego ¿qué otra relación especial puedo tener? Mi signo zodiacal, Aries, es un signo de fuego, mi ascendente también está en Aries. El fuego me interesa como metáfora, la posibilidad de la destrucción. Este es un elemento que no podemos tocar, no podemos vincularnos directamente con él, y al mismo tiempo es la tradición mística, el mediador con el Dios solar. Tiene varios aspectos que me parecen bien interesantes, y siempre me llamó la atención esta compulsión que tiene el fascismo de quemar los libros cuando están en el poder. Y el fuego, también, como esa potencia que está en los volcanes a punto de estallar, ese magma que está contenido hasta que ya no puede más y explota violentamente. 

También aparecen dentro de la novela varios elementos que, junto al fuego, van dando una identidad al texto; uno de ellos es el ocultismo, esta devoción a Abraxas. ¿Por qué decides explorar este mundo? 

Creo que mucho de lo que escribí no fue premeditado, se fueron presentando los personajes y de a poco se fueron delineando; uno de ellos era Daemián, este personaje que provenía del hermetismo, del ocultismo, del misticismo vinculado a Aleister Crowley, e introduce una visión mística de lo que es el fuego. Ahora, Abraxas es un Dios Agnóstico del segundo siglo después de Cristo, que retoma Herman Hesse en el libro Demián (1919), justamente. Cuando lo leí estaba en el colegio, me pareció muy interesante la idea de un Dios que pueda unificar el bien y el mal en sí mismo, que dislocaba la idea cristiana del camino del bien, porque había una serie de cosas que la tradición cristiana consideraba mala o diabólica que me parecían sanas y recomendables. Por ahí me pareció interesante esta idea y justamente este Dios tenía una vinculación mística con el fuego. 

Hay signos, también, de una vertiente media cyberpunk, media distópica¿Por qué utilizarlos? 

Creo que es parte del imaginario lo distópico, y de alguna otra manera ha venido prefigurando lo que estamos empezando a vivir y a interiorizar cada vez más. El tema de la ciberpoesía es clave, justamente el temor que tiene esta secta de poetas es que  en algún momento ya no puedan reunirse ni declamar en voz alta sus poemas, hacer sus ritos, inventar su mito finalmente. Y esta ciberpoesía, el temor que ellos tienen es que los pueda conducir a los creadores a un cibersilencio, como ellos lo llaman. Y ahí me parece interesante, porque hoy en día estamos entrando en una época de una lectura silenciosa, en la que el escenario público fue abandonado y nos vimos arrastrados a una cibercelda que nosotros mismos fuimos construyendo a través de nuestra propia inversión monetaria. Y justamente ¿Qué futuro puede tener la poesía o el arte en ese contexto? Definitivamente va a mutar la naturaleza de ese arte, del arte poético, por lo menos su lectura. Creo que hay una fuerte repercusión en el ámbito de la cultura y, de alguna otra manera, estos piromanistas sentían un temor ante esta posibilidad.  

Tienes prosa y poesía bajo tu firma. ¿Cómo crees que convergen en tu obra? 

La verdad es que nunca me preocupó mucho definirme, solamente, al venir de las artes visuales, me di cuenta que cierta velocidad que necesitaba, cierto movimiento de las escenas, cierta construcción de atmósferas no podía lograrlas en lo visual, entonces empiezo a escribir por una facilidad que se me daba con la palabra. Por ejemplo, no se me ha dado experimentar el abismo de la página en blanco, que teorizan muchos autores. En ese sentido fui dejando que fluyera, como se deja correr el agua de la llave. De pronto hay textos que funciona bien como poemas y otros que funcionan mejor siendo prosa, sin embargo es algo que no me cuestiono mucho. Creo que los críticos o los personajes que estuvieron más vinculados o adscritos a la ideas de generar canon, de generar etiqueta, de clasificar, de hacer archivo, tienen una preocupación mayor en ese sentido, pero estamos viviendo en una época transestética, donde están todos los elementos de todos los géneros mezclados. Como que todo el proyecto moderno de la amplificación de los límites de las poéticas, de las estéticas, nos llevan a este momento actual en que prácticamente es una especie de sin sentido cuestionarse mucho a qué categoría o etiqueta corresponde tal o cual texto. Creo que estamos en un momento en que cada vez se hace menos necesario aquello y una evidencia es la desaparición del crítico como sujeto social. 

Esta no es la primera edición del libro. Se editó en 2016 y 2017 por Cartopirata en México, y una autoedición del 2018 en Valparaíso. ¿Hay una intención de seguir perpetuando el libro o se ha dado de manera orgánica esta situación? 

El texto estaba listo por ahí el 2014, y lo presenté, gracias a una afortunada recomendación de un amigo, a los fondos de creación. Yo de verdad estaba bastante distante a lo que eran las convocatorias, no postulaba, no se me pasaba en ese momento por la cabeza postular a nada. El texto salió seleccionado en un momento muy afortunado, porque con esa beca pude emprender mi viaje que estaba planeando hace tiempo, por Latinoamérica y otras latitudes. Eso me permitió una estadía en México, y fue ahí cuando, al entrar en contacto con los poetas y creadores de allá, conocí a Fernando Zaragoza, que es el editor y el capitán de este barco pirata que es la editorial cartonera Cartopirata, que se mueve dentro de la zona central de México. Y en un momento me propuso publicar un libro, primero le mandé otro, el cual nunca me respondió hasta que finalmente le envié Fiebre y me dijo sí, hay que publicarlo con urgencia. Se agotó muy rápidamente la primera edición, en 2016, no alcanzamos a hacer un lanzamiento esa vez porque yo iba a salir de México muy pronto, pero volví al año siguiente y volvimos a hacer una segunda edición, y esa vez sí lo presentamos. Hicimos el lanzamiento en el distrito de Coyoacán, fue un evento muy bonito donde servimos tequila de honor y ya todo el mundo se fue al carajo. Se convirtió todo en un desmadre, terminaron saqueando los libros, se perdieron varios ejemplares, pero todo fue muy bello.  

¿Y cómo llega a editarse en Chile? 

A través de redes sociales mis amigos se enteraron de que existía este libro, pero solo me pude traer diez copias a Chile cuando volví, que se fueron muy rápido, y decidí hacer una edición artesanal. También con amigos de Abasto Serigrafía, que es el taller que me ayudó en ese momento a publicarlo, y se generaron en ese momento cuarenta copias que también se fueron rápidamente. Una de esas copias llegó a los chicos de Anagénesis y me propusieron inaugurar la sección de narrativa de la editorial con ese texto que les había parecido interesante.. 

¿Ha variado el texto entre estas ediciones? 

En términos de la edición del texto, sería la cuarta versión. Las tres primeras fueron bastante similares, y tenía una extensión mucho mayor, alrededor de cien páginas. Creo que el trabajo de edición que me propuso Patricio Contreras, de Anagénesis, fue mucho más exhaustivo, eliminamos cuentos enteros del libro y el Pato hizo una corrección de estilo que le dio mayor velocidad al texto, por lo tanto esta para mí sería una versión mucho más elaborada que las anteriores. Y me gusta porque tiene un trabajo más minucioso de otras personas. Me parece importante trabajar de forma colectiva, y los chicos me propusieron un trabajo en todos los niveles, desde en el texto mismo hasta el trabajo de pensar el objeto-libro, hasta la gestión de los recursos para poder imprimirlo, que fue en base a un evento que hicimos. Me dejó bastante contento, porque pudimos vivir eso que siempre pensamos como un ideal, que es la literatura para construir comunidad. Y me interesó la propuesta de ellos, justamente, porque nos saltábamos todo tipo de administración del tiempo, de los recursos, de los cuerpos, de los espacios a partir de los instrumentos estatales. 

Todas las ediciones han sido autogestionadas. ¿Cuál es tu opinión sobre este proceso de producción? 

La autogestión es una palabra que se ha vuelto muy recurrente, pero es una práctica que se ha hecho siempre. Cuando uno revisa los comienzos de la obra de Raúl Ruiz, financiaba sus películas con rifas, con completadas, que la misma familia ayudaba a organizar. Entonces es algo que siempre ha estado ahí, en la cultura hay una serie de escritores, no sólo en Chile si no que en todas partes, que han hecho sus propios libros. Hay casos emblemáticos de autogestión, que implica no ser mediado por instituciones de poder. Me parece que es una herramienta muy necesaria que no hay que perder de vista, justamente en una época en que la cultura pareciera haberse acostumbrado a los fondos concursables, y estos proponen un formato posible de administrar el tiempo creativo, lo cual va en contra del propio proceso creativo. Te proponen escribir un libro en el plazo de un año, y un libro puede tardar cinco, diez años, quizás su propia escritura puede ser imposible. O esa misma compulsión de la gestión cultural en ganar proyectos y levantar fondos, también ha inundado el mercado de títulos que no están maduros aún; hay muchos libros o textos que, por rendir el fondo, terminan saliendo antes de tiempo, sin el suficiente rigor que exige la disciplina. Por lo tanto creo que es importante la autogestión cuando queremos movernos de forma autónoma, libre, en el ámbito cultural. 

Haces la revista Kontranatura. ¿Cómo y porqué surge? 

Es importante hacer comunidad, generar un tejido en la sociedad a partir de nuestros oficios, un poco continuando lo anterior. Me parece muy interesante la idea de colectivizar la creación y generar obras polifónicas, que es una posibilidad que el arte nos ofrece. Entonces Kontranatura va naciendo de la necesidad, de la idea de colectivizar estos trabajos y también de generar una especie de pararrayos ampliado, porque para mí el creador ya es un pararrayo o una antena que sintoniza con ciertos problemas de época, y en este caso ante el neoliberalismo que nos busca atomizar, individualizar, y genera el problema de cómo hacemos comunidad, cómo nos vinculamos. Kontranatura surge como una idea y en un momento propicio, en que estábamos en una clínica literaria que organizó La Sebastiana, donde estaba invitada la Elvira Hernández, y fuimos algunos personajes de acá del puerto y de la región, a participar. Y cuando terminó la charla quedé afuera con Catalina Silva, Pablo Jara y Fernando Jaramillo, los invité a mi casa a almorzar y de ahí surgió la idea de hacer una revista y le comenzamos a dar las características que posee. 

En tu biografía aparecen dos territorios en concreto: Santiago y Valparaíso. ¿Cómo ha sido tu experiencia en ambos campos literarios? ¿Y qué diferencias puedes establecer entre ellos? 

Creo que una de las cosas que diferencia bastante al ámbito literario es que hay más voluntad de trabajar colaborativamente en Valparaíso. Creo que en Santiago hay mayor predominio del ego, hay vinculaciones por oportunismo, que en Valparaíso no lo son tanto, o los personajes que llegan y son aceptados por Valparaíso, no tienen pretensiones de erigir jerarquías tan rotundas como en Santiago. Creo que en Santiago hay un predominio de circulación en base al currículum literario otorgado por las instituciones. Es decir, si tú no conseguiste un Bolaño, si no conseguiste un Municipal de Literatura, ya considérate fuera del juego. En ese tipo de cosas son totalmente contraproducentes. Creo que en Valparaíso  eso está superado, o esa hegemonía no penetra tanto. Hay mayor crítica al respecto, y por eso me parece que es un terreno mucho más receptivo cuando uno quiere bordear un poco los márgenes. Creo que Santiago es una ciudad en autodestrucción. Y es muy distinto a lo que pasa en Valparaíso, que es una ciudad asediada por la destrucción, sin embargo que se mantiene fortalecida por una humanidad muy hermosa, que sobrevive y se mantiene en el tejido social de Valpo. 

Colaboraste con la revista Concreto Azul ¿Cómo te acercas a esta publicación? 

Yo llego a la revista Concreto Azul por haber participado en el taller de Investigaciones Poéticas que ofreció Jaime Pinos, en su momento, junto a Rafael Cuevas y Gaspar Peñaloza. Y una vez que terminamos el taller, ellos que ya traían el proyecto de la revista, pensaron en que podía ser una buena idea ampliar el horizonte de lo que se estaba publicando, invitándonos a participar. Y algunos de los que estuvimos en el taller aceptamos, nos pareció una idea interesante, y comenzamos a reunirnos semanalmente y a revisar los materiales que nos llegaban y a buscar también otros materiales, a generar archivos. Es un proyecto muy bonito que se dio en ese momento, que permitía un intercambio permanente de textos, de visiones, de experiencia.  

¿Cómo llegan tus crónicas de viaje a la revista? 

En algún momento la idea era generar un grupo de personas que no solamente estuviesen decidiendo qué textos se subían y cuáles no, sino que también pudieran escribir textos. En esa circunstancia teníamos muchas reseñas, mucho adelanto de libros, pero nos faltaban crónicas. Yo les dije que tengo crónicas pero que son inéditas, y que son parte de mi proyecto Fatamorgana, que todavía no culmino, porque mientras viajaba solamente tomaba apuntes, y ahora que estoy más estático puedo amplificar esa escritura. La forma final todavía está en veremos. Son varias crónicas que van de los diversos países que estuve. Hay algunos textos, por ejemplo, que son poesía que narran los viajes, como Trimigrancias que es un proyecto que tengo sobre mi experiencia en Estados Unidos. 

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